10 mar. 2011

you deserve it

-Espérame aquí –me dijo.
Y, como era una orden, yo esperé sentada, en su silla. Me puse a pensar en cómo habíamos llegado a esa situación, en cómo habíamos llegado a ser tan amigos. En cuándo y por qué habíamos acabado por compartir tanto, por hablar día a día y por ser íntimos. Me quebraba la cabeza con cada frase que decía, intentaba darle vueltas por todos lados, hacer esa idea reversible para sacarle el mayor jugo de información posible. Había noches que me quedaba sin dormir, pensando en eso que me había dicho hacía horas por teléfono, o en eso que me había escrito en la pared de mi perfil. O quizás en eso que pensaba que podría haberle dicho en ese preciso momento, en lugar de poner una carita feliz dando fin a la conversación.
Los minutos pasaban y él no venía, pero no iba a ir a buscarle, porque estábamos en su casa, y yo, concretamente, en su habitación sola, sin televisor encendido, ni radio, ni iPod. Era difícil aburrirse ahí; podía coger uno de sus libros, quizás cotillear en todos sus cajones, o fijarme en el color de las paredes y en cómo estaba decorada la estancia. Pero no, yo me aburría. Quizás era porque todas esas pequeñas cosas ya las había hecho anteriormente en algún momento, aunque él estuviera en la habitación y el iPod, la tele y la radio estuvieran enchufados a la vez dejando la sala llena de ruidos molestos.
Al rato vino, con una camisa negra que antes no llevaba puesta, me tapó los ojos y me llevó a tientas por varias habitaciones hasta que llegamos a la terraza.
-¿Y esto? -pregunté.
-¿Esto? -miró a la ciudad, tranquila, vacía, oscura pero iluminada y silenciosa- Esto te lo mereces, ¿no?
Y suavemente, presionó sus labios contra los míos, no dejando correr entre ellos ni el más mínimo soplo de aire.

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